
Una vez cuando niño me detuve a observar el cielo. Azul intenso, no encontré nada, y en vez de volar placenteramente, me perdí silenciosamente en el. Años más tarde comencé a perseguir nubes blancas, bajo el mismo manto azulino en el que chocaban mis sueños, formando a veces figuras tan inexistentes como existente es la imaginación.
Alcé una mano y al mirar tras ella hacia el cielo me di cuenta de que era posible tocarlas y en un movimiento casi imperceptible acariciarlas, lo extraño de esto era que no podía apretarlas. A pesar de aquella frustrante extrañeza me sentí maravillado


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